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Kuinas: donde el fuego sabe a mar

El picante aquí es identidad. Se percibe desde el primer instante: en el aire espeso de la cocina, en las manos que trabajan la masa, en los guisos que hierven. Cada plato abre una puerta hacia la Costa Chica, esa franja del Pacífico donde Oaxaca y Guerrero comparten sazones, ritmos y una relación íntima con el mar y la tierra.

Santiago Llano Grande es mi raíz, afirma la cocinera de Kuinas al evocar su origen. En esa región, marcada por la presencia afromexicana y mestiza, la cocina guarda la fuerza particular de ingredientes que nacen entre manglares, técnicas heredadas por generaciones y un uso del picante que define carácter.

El nombre del lugar también se ancla en esa geografía cultural. “Kuinas significa diablo, en honor a los diablos de Santiago Llano Grande”. La referencia remite a las danzas tradicionales de la región, donde los diablos simbolizan historia, resistencia y celebración, especialmente durante festividades donde la música y el cuerpo narran lo que las palabras guardan.

En la Costa Chica, la cocina funciona como memoria. Las recetas viajan entre madres e hijas, entre familias que preservan sabores como parte de su identidad. “Las recetas son de mi mamá, hoy seguimos cocinando con ese mismo sazón y corazón”.

“Seguir las recetas de mi madre significa amor, su compañía, su comprensión y que esté a mi lado a cada momento”.

La mesa se convierte entonces en un mapa sensorial. Aparecen la salsa de cosquilla, la barbacoa de res y de pollo, el pozole blanco o verde, según el ánimo del día. Alrededor, botanas que acompañan y enriquecen: patitas a la vinagreta, verduras frescas, picaditas, queso de prensa. Cada elemento suma.

Entre todos, un platillo destaca por su origen y carácter: el tamal de tichinda. “La tichinda es una almeja que se da en los manglares de la Costa chica de Guerrero y Oaxaca”, explica.

Este ingrediente, recolectado en zonas húmedas donde el agua salobre marca el ritmo de vida, aporta un perfil único. “Su sabor es a mar, a playa, picante, delicioso”. En él converge la esencia costera: salinidad, fuego y una sensación que remite a la orilla del océano.

La cocina de esta región se distingue por su intensidad. El picante forma parte del lenguaje cotidiano, un elemento que construye identidad y pertenencia. Cada preparación lleva una afirmación cultural: un sabor que resiste el paso del tiempo y se adapta sin perder esencia.

En la colonia Reforma, este espacio se levanta como un puente entre geografías. Un rincón donde la Costa Chica respira en cada plato, donde la tradición se sirve caliente y donde el fuego recuerda su pasado.

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