Historias que se saborean de golpe o a sorbos, pero que refrescan. Mitigan el agobio de cada día, se celebran los triunfos o atenúan las derrotas.

Entrar al Jinete es traspasar a otra dimensión del tiempo. El escenario en donde el torbellino se vuelve brisa.

Se trata de uno de los negocios más antiguos en el barrio de la China. Una cantina, que, pese al surgimiento de bares atractivos por todos lados, se mantiene como predilecto.

Nació en la calle Colón, justo frente un negocio similar: El Caballito. La pugna entre éstos dos bares por acaparar la atención de la clientela, dio lugar a su nombre. Sarcasmo puro.

Don Lino Wenceslao Lavariega, al inicio empleado del lugar, lo compró en cuando se le ofreció la oportunidad.

El Jinete se mudó a JP García 805, entre Arista y Nuño del Mercado, donde ha sido testigo de innumerables historias, y es que el ambiente es acogedor una vez que cruzas las puertas vaivén. No sólo la amabilidad y atención de los meseros envuelve, sino todo el contexto.

Originario de la Trinidad Zaachila, don Lino llevó al bar la costumbre de su pueblo de “compartir la sal y la tortilla”. Lo que cocinaba su esposa para casa, era lo mismo que se ofrecía al parroquiano.

Al frente quedó su hijo, el abogado Melitón Lavariega. Tendrá dos años que remodelaron el lugar, “mi papá no quería que se tocara el negocio mientras él viviera, pero el techo ya tenía deterioro (…) ahora ya hasta se acondicionó un segundo piso y se pronto se habilitará la terraza”.

Se adaptó a las exigencias actuales, hay baño para mujeres, (muy coqueto, por cierto) algo que antes sería impensable y las instalaciones son seguras y bonitas, sin perder la esencia de lo que ha sido El Jinete.

Cada día, un menú distinto, puede ser caldo de pollo o taquitos, aparte de lo establecido, a la cocinera le gusta sorprender con platillos nuevos; el lunes, por ejemplo, no falta el caldo de espinazo, la sopa caldosa y la salsa de chicharrón, los martes el amarillo, higaditos, ejotes con huevo, tostadas de salchicha y los miércoles, el platillo estrella: los biuses.

Los jueves encontrarás caldo de pollo, tostadas, mole, tostadas, los viernes frijoles con yerba de conejo, caldillo con nopales, tacos dorados y el sábado quesadillas, salsa de chicharrón, frijoles con nopal, así como biuses.

“La cocina sigue siendo la de casa, todo lo que se prepara, es lo que comemos nosotros. Privilegiamos la comida oaxaqueña, como en el pueblo, y todo se guisa con la sazón familiar”.

Crisóforo Alejo Pérez, “Chóforo”, como lo conocen, tiene 33 años de laborar en El Jinete. “Los días miércoles y sábado se llena, por los biuses, que son riquísimos, en ocasiones algunos clientes ya no encuentran lugar, por lo que algunos, desde un día antes, reservan su mesa”.

Tal vez podía entrar más gente, pero, por ahora, las mesas cuidan la sana distancia. Abren de lunes a sábado, de la 1 a las 8 de la noche.

Cuidan a sus clientes, a la entrada, te rocían de sanitizante, debes entrar con el cubre bocas y te ofrecen gel. Cada que se desocupa una mesa limpian a profundidad. Los que atienden no se quitan el cubre bocas.

Los comensales son muy variados: jóvenes intelectuales, artistas, grupos de viejos amigos, oficinistas, políticos, vi a una pareja de abuelitos vestidos muy elegantemente acompañados de su nieta, una joven encantadora. No faltan los nostálgicos, que añoran sentirse en casa.

Choforo nos contó que en El Jinete no distinguen clases sociales y atienden a todos como en casa. “Mi patrón (don Lino) siempre me decía que le diera bien de comer a todos, a veces se acercaba alguien que no tenía para pagar y se le daba su taquito. Su hijo (Melitón) es igual, no distingue a nadie”.

Otra cosa que diferencia a El Jinete, es el ambiente de cordialidad. A diferencia de otros lugares, acá no se protagonizan riñas, “no recuerdo ninguna, tampoco somos como en otros lugares que corretean a los clientes cuando intentan ponerse pesados”.

Lo cierto es que la atención es buenísima, no te dejarán esperando con la mesa vacía.

El Jinete, no sólo es un libro de anécdotas inmemorables, sino forma parte de la vida de Oaxaca y de la historia de varias décadas.